23 enero 2018

Nos podemos convertir en espectadores de la catástrofe. Lo más lamentable es que nos hemos anclado en el pasado en busca de la antigua seguridad de años atrás y hemos sido incapaces de aceptar los retos y los cambios inminentes.
El antiguo modelo económico está caduco y es un muerto que se resiste a ser enterrado y, equivocadamente, nos hemos pasado años en el velorio de ese pasado, que no volverá a ser presente ni futuro. Triste, deprimidos, inerte y sin esperanza naufragamos a la deriva, carentes de un proyecto definido, sin fuerzas para pensar, planificar y mucho menos trabajar. Levamos nuestra mirada solicitando que caiga maná del cielo y que nos salve de perecer en esta terrible situación. Los pesimistas de siempre han encarcelado la esperanza; no obstante, podemos rescatarla, esto no va a ser una tarea fácil, pero estoy segura de que lo lograremos.
Confrontando una de las peores “crisis”, el sistema de valores se resquebraja y se hunde, la mayoría de los negocios están en quiebra, algunos políticos extraviados pensando en sus intereses personales se han olvidado del país y del pueblo que los eligió, y a la hora de aprobar una ley para el beneficio de las mayorías, soslayan su responsabilidad y eluden su compromiso.
Las personas, unas deprimidas, otras desesperadas, y otras indiferentes no hacen otra cosa que lamentarse. No podemos encerrarnos en los modelos del ayer, tampoco son apropiadas las actitudes conformistas. Tenemos que desafiar el desánimo y la desesperanza. Debemos caminar con paso firme hacia los cambios que nos impone la situación imperante.
El orden social existente se desmorona y cae estrepitosamente. Hay que actuar de inmediato. Después de incontables desafíos y puertas cerradas debemos encontrar una puerta abierta y esa es la puerta de la esperanza. Hagamos una práctica constructiva, erradiquemos el pesimismo de nuestras vidas y levantemos nuestra mirada al cielo, no para esperar que Dios nos solucione nuestros problemas, sino para pedirle la sabiduría necesaria para realizar un cambio de actitud; de esa manera liberar nuestra mente, nuestra inteligencia y nuestra voluntad; y así tener una visión innegable de la realidad presente y una imagen más clara de las alternativas para el futuro. Aceptemos los hechos sin falsas expectativas y sin una visión fatalista, tratando de encontrar el equilibrio.
La humanidad se enfrenta a la más profunda conmoción social y reestructural creativa de todos los tiempos; aunque sea difícil de creer, hay numerosas razones para el optimismo. Elevemos nuestras fuerzas espirituales a nuevas alturas, por encima de la situación económica imperante, del desempleo, de la pobreza, de la indiferencia de algunos políticos y de nuestro constante pesimismo. Recuperemos de una vez por toda la esperanza; y trabajemos todos juntos por nuestro país, por nuestras familias y por los marginados sociales con esa valentía, esa alegría y ese optimismo que antecede al triunfo.