La mujer que cambió la historia de los medicamentos

El equipo de la investigadora Els Torreele crea un fármaco contra una enfermedad olvidada al margen de la industria farmacéutica

01 marzo 2019 |

Hay historias grandiosas y trascendentales que, sin embargo, pasan por debajo del radar de los medios de comunicación y de la sociedad entera. Esta es una de esas historias. Su protagonista es Els Torreele, una mujer belga de 51 años, ojos vivos y sonrisa contagiosa.

La mejor manera de presentarla es situarla en su contexto laboral. Hace poco más de tres años, el tiburón financiero Martin Shkreli fue bautizado por la prensa internacional como “el hombre más odiado de EE UU”, tras decidir multiplicar por 55 el precio de un fármaco antiparasitario de la noche de la mañana. El medicamento, Daraprim, vital para algunos enfermos debilitados por el virus del sida, pasó de costar 13,5 dólares a 750. Hoy, Shkreli está en la cárcel por estafa. Y nuestra protagonista está en el otro lado del ring.

Torreele dirige la campaña de acceso a medicamentos esenciales de Médicos Sin Fronteras. Se sabe de memoria los últimos escándalos en la industria farmacéutica, como el lanzamiento de Glivec, un tratamiento revolucionario contra un tipo de leucemia que apareció en 2001 con un precio de 23.000 euros y que acabó costando casi 70.000 por decisión de su fabricante, la multinacional suiza Novartis. Torreele también recuerda la subida en bloque por parte de Pfizer del precio de más de un centenar de sus medicamentos clásicos en 2015. Y la rebelión de los gobiernos europeos contra la estrategia del laboratorio estadounidense Gilead de fijar un precio de 60.000 euros para su medicamento Sovaldi, esencial contra la hepatitis C.

Las farmacéuticas suelen justificar sus precios más disparatados argumentando que el desarrollo de un fármaco cuesta unos 2.600 millones de dólares, según calculó un estudio de la Universidad Tufts, en Boston (EE UU). Hace ya 16 años, Torreele ayudó a fundar la Iniciativa Medicamentos para Enfermedades Olvidadas (DNDi, por sus siglas en inglés), una organización sin ánimo de lucro que trabaja para encontrar nuevos tratamientos contra las enfermedades desatendidas, que afectan a más de 1.000 millones de personas en el mundo. “Queríamos demostrar que otra manera de hacer I+D es posible y que desarrollar un fármaco no cuesta 2.600 millones de dólares como dicen las farmacéuticas”, dispara la biotecnóloga belga.

La demostración ha llegado y se llama fexinidazol. Es el primer tratamiento oral para la llamada enfermedad del sueño, una infección transmitida por moscas tsetsé y causada por parásitos que inflaman el cerebro. Sin medicación, los afectados enloquecen y acaban muriendo. “Es la primera vez que somos capaces de desarrollar un fármaco desde el descubrimiento de la entidad química hasta llegar al paciente”, celebra Torreele. La DNDi ha invertido 55 millones de euros en el desarrollo del fexinidazol. “Todo el mundo puede ver que es una cifra muy diferente a la que pregona la industria farmacéutica”.

La OMS calcula que el número real de casos de la enfermedad del sueño es inferior a 20.000, concentrados en aldeas remotas de República Democrática del Congo y República Centroafricana. Los pacientes son los más pobres entre los más pobres. “Nadie va a comprar el fármaco. Estos pacientes no son un mercado lo suficientemente lucrativo como para que las empresas inviertan en ellos”, lamenta Torreele.

De hecho, recuerda la científica, la actividad antiparasitaria del fexinidazol ya fue investigada en la década de 1970 por la farmacéutica alemana Hoechst, hoy integrada en Sanofi, pero el desarrollo se abandonó pronto por la falta de rentabilidad, según Torreele. “El objetivo de las farmacéuticas es vender la mayor cantidad posible de fármacos a quien pueda pagarlos. Ignoran a los pobres. Pueden tener un poco de responsabilidad social corporativa, pero creo que hasta sus líderes reconocerán que su responsabilidad no es solucionar la pobreza en el mundo. Desarrollan fármacos para clientes, no para personas que necesitan los fármacos”, argumenta la belga.

El equipo de Torreele peinó la literatura científica del último medio siglo en busca de moléculas prometedoras pero abandonadas. Encontraron unos 500 compuestos, contactaron con los investigadores si seguían vivos, consultaron viejos documentos ya olvidados y en 2007 comenzaron las pruebas en ratas y perros con la sustancia más sobresaliente: el fexinidazol. En 2010, publicaron sus primeros resultados. “No recibimos ninguna atención de la comunidad científica. Resucitar una vieja molécula no es ciencia sexy”, señala Torreele. Sin embargo, hace poco más de tres meses, la Agencia Europea de Medicamentos recomendó el fexinidazol para el tratamiento de la letal enfermedad del sueño. Y, este mes de febrero, el fármaco ha llegado a África.

Siete países europeos, incluida España, y donantes privados, como la Fundación Bill y Melinda Gates y Médicos Sin Fronteras, han sufragado los 55 millones de euros del proyecto. La farmacéutica francesa Sanofi —con unos beneficios el año pasado de más de 6.800 millones de euros— fabricará y donará el fexinidazol, que está libre de patente. “Creo que es posible hacer todo el proceso al margen de las grandes farmacéuticas, pero alguien tendrá que fabricar el fármaco”, expone Torreele, que calcula que la contribución de Sanofi será de 13 millones de euros.

El fexinidazol puede ser un punto de inflexión en la historia de los medicamentos. “Los gobiernos están despertándose. Cada vez son más conscientes de que ya no podemos pagar los altos precios de los fármacos que presentan las farmacéuticas. Ahora son 10 o 100 veces más caros que hace una década, sin ninguna razón más allá de que las empresas saben que pueden sacar más dinero de nosotros”, opina Torreele. “El acceso a las medicinas ya no es un problema de los pobres. Es un problema para todos”.

EL TRATAMIENTO QUE MATABA A LOS PACIENTES
Durante décadas, el único tratamiento disponible contra la enfermedad del sueño fueron los pinchazos en vena de melarsoprol, un derivado del arsénico. El propio medicamento era tan tóxico que mataba a uno de cada 20 pacientes, entre alaridos de dolor. A partir de ahora, el tratamiento de primera línea será el fexinidazol, una simple pastilla diaria durante 10 días, sin grandes efectos secundarios. El tratamiento ha mostrado su eficacia en un ensayo clínico con 750 pacientes en República Democrática del Congo y República Centroafricana, coordinado por el médico congoleño Victor Kande.

“Si haces un ensayo clínico con miles y miles de pacientes es que no hay un claro beneficio clínico”, sostiene la investigadora Els Torreele, en alusión a la turbia estrategia de las grandes farmacéuticas de buscar mejoras mínimas en fármacos antiguos para alargar su patente y su monopolio. “El fexinidazol demuestra que el funcionamiento de la industria farmacéutica es muy ineficiente, porque cuesta mucho dinero para resultados muy pequeños”, opina Torreele.

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