El COVID-19 y las mujeres

Artículo de Opinión del Secretario General de las Naciones Unidas António Guterres

Artículo de Opinión del Secretario General de las Naciones Unidas António Guterres

16 mayo 2020 |

Las mujeres ya están sufriendo el impacto mortal de los cierres y las cuarentenas. Estas restricciones son esenciales, pero hacen que las mujeres atrapadas con parejas abusivas queden más expuestas a la violencia. En las últimas semanas se ha producido un repunte alarmante de la violencia doméstica en todo el mundo: la mayor organización de apoyo del Reino Unido informa de que las llamadas han aumentado en un 700 %. Al mismo tiempo, se están produciendo recortes y cierres en los servicios de apoyo a las mujeres en situación de riesgo.

Este era el trasfondo de mi reciente llamamiento a la paz en los hogares de todo el mundo. Desde entonces, más de 143 Gobiernos se han comprometido a apoyar a las mujeres y las niñas expuestas a la violencia durante la pandemia. Todos los países pueden hacer algo: hacer que los servicios de apoyo estén disponibles en línea, ampliar los refugios para las víctimas de violencia doméstica y designarlos como esenciales y redoblar el apoyo a las organizaciones de primera línea. La alianza de las Naciones Unidas con la Unión Europea para eliminar la violencia de género, la Iniciativa Spotlight [enlace], está trabajando con los Gobiernos de más de 25 países en la puesta en práctica de estas medidas y otras similares, y está dispuesta a ofrecer más apoyo.

Pero la amenaza que plantea el COVID-19 para los derechos y libertades de las mujeres va mucho más allá de la violencia física. Es probable que la profunda recesión económica que acompañe a la pandemia tenga un rostro claramente femenino.

El trato injusto y desigual que reciben las mujeres trabajadoras es una de las razones por las que me metí en política. A finales de los años 60, cuando era estudiante y hacía trabajo social como voluntario en zonas pobres de Lisboa, vi a mujeres en situaciones muy difíciles que realizaban trabajos serviles y cargaban con el peso de su familia extensa. Sabía que esto tenía que cambiar, y a lo largo de mi vida he visto cambios importantes.

Pero ahora, varios decenios después, el COVID-19 amenaza con reintroducir esas condiciones, y otras peores, en la vida de muchas mujeres de todo el mundo.

Las mujeres están representadas de forma desproporcionada en trabajos mal pagados o sin beneficios como el trabajo doméstico, el trabajo ocasional, la venta ambulante y los servicios de pequeña escala, como la peluquería. La Organización Internacional del Trabajo estima que solo en los próximos tres meses se perderán casi 200 millones de puestos de trabajo, muchos de ellos precisamente en esos sectores.

Justo cuando muchas mujeres están perdiendo su empleo remunerado, se están encontrando con un enorme aumento en el trabajo de cuidados debido al cierre de las escuelas, la saturación de los sistemas de salud y las mayores necesidades de las personas de edad.

Y no olvidemos a las jóvenes que se han quedado sin poder acabar los estudios. En algunas aldeas de Sierra Leona, el porcentaje de chicas adolescentes escolarizadas bajó del 50 % al 34 % después de la epidemia del ébola, lo cual tendrá repercusiones en su bienestar y en el de sus comunidades y sociedades durante toda la vida.

Muchos hombres también están perdiendo el empleo y tienen que conciliar exigencias a veces encontradas. Pero, incluso en el mejor de los casos, las mujeres hacen tres veces más trabajo doméstico que los hombres. Eso significa que es más probable que tengan que quedarse cuidando de los niños si las empresas vuelven a abrir mientras las escuelas permanecen cerradas, lo que retrasaría su regreso a la fuerza de trabajo remunerada.

El fuerte arraigo de las desigualdades también significa que, aunque el 70 % de los trabajadores sanitarios son mujeres, hay muchos más hombres que mujeres con responsabilidades de gestión sanitaria. Además, solo uno de cada diez dirigentes políticos de todo el mundo es mujer. Esto nos perjudica a todos. Necesitamos que haya mujeres sentadas a la mesa cuando se toman decisiones sobre esta pandemia para evitar que se cumplan las predicciones más pesimistas, como un segundo pico de contagios, escasez de mano de obra e incluso disturbios sociales.

Las mujeres que tienen poca seguridad laboral necesitan urgentemente protecciones sociales básicas, desde seguro médico hasta licencia de enfermedad con sueldo, cuidado infantil, protección de los ingresos y prestaciones de desempleo. De cara al futuro, las medidas para estimular la economía, como las transferencias en efectivo, los créditos, los préstamos y los rescates financieros, deben estar dirigidas a las mujeres, independientemente de que sean empresarias o propietarias de negocios, trabajen a tiempo completo en la economía formal o lo hagan a tiempo parcial o de manera ocasional en el sector informal.

La pandemia del COVID-19 ha dejado más claro que nunca que el trabajo doméstico no remunerado de las mujeres está subvencionando tanto los servicios públicos como los beneficios privados. Este trabajo debe tenerse en cuenta en los datos económicos y en la toma de decisiones. Todos saldremos ganando si existen mecanismos laborales que reconozcan las responsabilidades relacionadas con el cuidado de las personas y modelos económicos inclusivos que valoren el trabajo en el hogar.

Esta pandemia supone un desafío no solo para los sistemas sanitarios de todo el mundo, sino también para nuestro compromiso con la igualdad y la dignidad humana.

Si ponemos los intereses y los derechos de las mujeres en primer plano, podremos superar esta pandemia más rápidamente y construir comunidades y sociedades más equitativas y resilientes que nos beneficien a todos.

 

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