Sobre la esclavitud de las mujeres

John Stuart Mill, un adelantado en la lucha por la igualdad entre los sexos

13 enero 2020 |

La colección Láquesis de Triskel Ediciones ha tenido el buen gusto y el sentido de la oportunidad de reeditar La esclavitud de las mujeres de John Stuart Mill, un clásico contemporáneo, pues desde el siglo XIX, cuando esta pieza fue escrita, ha saltado al XXI sin perder un ápice de su frescura, originalidad, compromiso y razón.

Virtudes todas ellas, y muchas más, que brillan en la prosa precisa y reposada de Stuart Mill, uno de los grandes pensadores de todos los tiempos y legítimo orgullo del liberalismo británico. Y con doble fulgor teniendo en cuenta que la traducción es nada menos que de Emilia Pardo Bazán, admiradora del filósofo y a su vez pionera en España de la lucha por los derechos de la mujer.

En su lúcida argumentación, Stuart Mill parte de que la sujeción de la mujer al hombre no es más que un mero apriorismo, al no fundarse ni fundamentarse en dato experimental alguno; y resultando, por tanto, siempre irracional. El origen de esta costumbre (o lacra, más bien), lo hace remontar Stuart a las costumbres bárbaras del género humano en su primer desarrollo, incluida la esclavitud.

La adopción de un régimen de desigualdad como el que ha situado a la mujer por debajo del hombre durante muchos siglos, casi en cualquier geografía, tampoco resultó nunca, observa Stuart, fruto de la deliberación del pensamiento libre, de una teoría social o de una reflexión intelectual, «sino del hecho de que en los primeros días de la sociedad humana la mujer fue entregada como esclava al hombre que tenía interés o capricho en poseerla, y a quien no podía resistir ni oponerse, dada la inferioridad de su fuerza muscular».

Analizando la situación de la mujer en el entorno de 1860, cuando escribe estas reflexiones, Stuart concluye que la mujer, aparte de los hijos, es la única persona que, después de haber probado ante la justicia haber sido víctima de una agresión, queda entregada al reo.

Por eso, desprende, una mayoría de mujeres en situación de vejación constante o riesgo físico apenas se atrevían, aún después de muy largos maltratos, a acogerse a la acción de las leyes que decían intentar protegerlas. Todas las condiciones sociales se aliaban, y seguían aliándose en tiempos de Stuart, para hacer prácticamente imposible una rebelión de las mujeres contra el poder monopolizado por los hombres. Sus amos esperaban algo más que servicios.

«Los hombres no se contentan con la obediencia de la mujer. Se abrogan un derecho posesorio absoluto sobre sus sentimientos. Todos quieren tener en la mujer con quien cohabitan no solamente una esclava, sino también una odalisca complaciente y amorosa, por lo que no omiten nada de lo que pueda contribuir al envilecimiento del espíritu y a la gentileza del cuerpo femenino». Enseñando además que la abdicación de toda voluntad en manos del hombre equivale a la quintaesencia de la seducción femenina.

Un ensayo tan convincente como demoledor, de obligatoria lectura para quienes creen en la igualdad.

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