La solidaridad

06 enero 2018

La solidaridad

La solidaridad es una relación de fraternidad, una virtud que debe ser entendida como condición de la justicia.

Por lo tanto, la solidaridad se convierte en un complemento de la justicia. Es importante destacar el hecho de que la solidaridad implica afecto, la ayuda desinteresada a las personas marginadas por la pobreza, la comprensión al maltratado y el apoyo al perseguido. La solidaridad no funciona como un deber distante e impuesto desde la autoridad. Funciona cuando el incentivo de actuar proviene de una acertada educación en valores ético-morales.

En la actualidad existe una creciente demanda de solidaridad, y ésta implica justicia social. No se trata únicamente de compasión por los males y sufrimientos de los demás, sino que se requiere y se exige un comportamiento ético, responsable y fraterno, que las decisiones tengan una dimensión social además de personal.

Vivimos en una sociedad individualista, indiferente y egoísta. No nos ocupamos de las personas que sufren. ¿Cuántas veces nos hemos encontrado con situaciones que requieren de nuestra solidaridad y volteamos la cara para ignorarlas? Como si con esta actitud los problemas fueran a desaparecer. Conviene predicar y practicar la solidaridad, porque la falta de esa virtud revierte en una vida vacía, hueca, deficiente y carente de sentido. Muchas veces me he preguntado ¿Cómo podemos conseguir que la gente, sea solidaria? Empecemos por educar a la familia, porque la familia es pilar fundamental de la sociedad. Hagamos un llamado al civismo, al respeto por nuestros recursos ecológicos y, en especial, por las personas.

Partiendo de la base de que la solidaridad se ejercita, desde y en la experiencia. La finalidad debe ser que cada persona aprenda a meditar sobre temas de responsabilidad socio-moral, es decir, desarrolle formas de pensamiento de asistencia, ayuda y orientación hacia los más desamparados. Aprender a aplicar esta capacidad de juicio a la propia vida personal y colectiva para mejorarla. Pero, sobre todo, lo que se busca es superar el nivel de discernimiento. Por lo tanto, podemos dirigir el ámbito de la solidaridad al desarrollo de una serie de dimensiones morales que, sin duda, faciliten un aumento de la autonomía, un espíritu crítico y el desarrollo de determinados valores y actitudes.

Debemos ser conscientes de que los valores de la sociedad consumista e individualista son más atractivos que la solidaridad, porque estimulan el egocentrismo narcisista de que lo que poseemos o lo que hacemos nos pone en el centro de todas las miradas, el mundo pendiente de nosotros. Sin embargo, si nos comprometemos en la instauración de prácticas cívicas, rutinas que muestren la deferencia y el respeto que se merecen las personas, sobre todo lo más desvalidos iremos construyendo una patria unida, justa y solidaria.

Lo anterior no significa liberarlos de sus responsabilidades consigo mismos y con los que les rodean, todo lo contrario, hacerles más responsables de la calidad de sus decisiones y lo que ellas afectan a los demás, aquel que recibe solidaridad debe estar dispuesto a ejercer la suya, sino nada tendría sentido. Es fundamental alentar a las personas a tomar decisiones, participando en acciones concretas que incidan en sus comunidades. Tampoco hay que olvidar emprender desempeños frente a los problemas de carácter más amplio mediante nuestra participación en campañas o apoyando proyectos de cooperación. La solidaridad trasciende a todas las fronteras: políticas, religiosas, territoriales y culturales.

¿Cuántas escuelas son saqueadas en las vacaciones? ¿Por qué la comunidad no se organiza para cuidar sus planteles? Ese recinto de sabiduría, que tanto necesitan sus hijos. Si emprendemos con entusiasmo esa tarea, seremos capaces de actuar ante dificultades más grandes y organizarnos para emprender todos juntos la reconstrucción de una persona solidaria, de una familia solidaria, de una sociedad solidaria, de una nación solidaria y de un mundo solidario.

 

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