A dónde debo llegar (Mc 9,35)

02 junio 2016

A dónde debo llegar (Mc 9,35)

…"El que quiera ser el primero que sea el último y el servidor de todos".

Este versículo ha sido tomado, no por décadas sino por siglos, de una forma errónea, especialmente hacia la mujer, pues es ella quien realiza todas las tareas del hogar: lava, plancha, cocina, atiende, y todo, en nombre del “amor” a su prole y a sus maridos, anulando sus capacidades y, en muchas ocasiones, su autoestima. A pesar de que, en este siglo,  un alto porcentaje de mujeres son profesionales y siguen ejerciendo, se sigue transmitiendo la idea de que existen tareas exclusivas de ellas. No se toma en cuenta de que, además de que somos mujeres, enfermeras, maestras, colaboradora del hogar, mecánicas, costureras, estilistas, abogadas, pintoras, y tantas otras profesiones, sin un título certificado, estando o no en casa todo el día, también ejercemos diariamente el ser consejeras, consultoras, psicólogas y conciliadoras.

 

Este versículo debe ser reflexionado y ejecutado desde el sentido real. Seguir a Jesucristo es ser un discípulo. Para esto, lo primero que debes hacer es escucharle, es decir, recibir. Recibir es lo que nos dará el conocimiento, las herramientas necesarias para saber a dónde debo llegar; es decir, mi meta es la felicidad, la vida eterna, si quiero llegar se hace necesario ESCUCHAR, luego sirvo, ayudo, coopero, aporto. Hay un tiempo para dar, pero también un tiempo para recibir, y desde que iniciamos una relación sentimental debemos establecer el hábito de recibir y dar, de manera recíproca, darle un tiempo a cada situación.

 

“A dónde debo llegar” es hacer cada cosa, con alegría y con gozo. Las mujeres, en los años 70, descubrieron que podían bailar, maquillarse, ejercer profesiones tradicionalmente masculinas, aportaron a la aviación, inventaron aparatos, ejecutaron experimentos biológicos importantes. Y a nivel de fe: la ilustración nos la aporta el siguiente artículo:

 

La participación de la mujer en la Iglesia, uno de los desafíos más importantes para la Iglesia en este siglo XXI Ana María Vega Gutiérrez Catedrática de Derecho Eclesiástico del Estado, en la Universidad de La Rioja, España Fuente: www.almudi.org

“A pesar del papel activo y reconocido a la mujer en sus primeros siglos de andadura, la Iglesia no fue ajena a la institucionalización jurídica y teológica de la discriminación de la mujer, que arrancaba de una exégesis masculinizante de los textos bíblicos −enlazada con una teología rabínica que afirmaba que sólo el varón era imagen de Dios− y de una idea varonil y estrictamente paternal de Dios. Este proceso se plasmó en el Decreto de Graciano y perduró incluso en el CIC 17, aunque incorporó tímidos avances [57]. Por otra parte, durante esos siglos asistimos a una ausencia o casi invisibilización de la voz de la Iglesia en estos temas. Y cuando lo hizo, en el siglo XIX, apenas conectó con los cambios sociales y jurídicos que estaban aconteciendo en esos momentos [58]. Paradójicamente, así como supo adelantarse a algunos graves problemas sociales de los siglos XVIII y XIX consecuencia directa de las revoluciones industriales y de un capitalismo salvaje (como, por ejemplo, el movimiento obrero, los derechos de los trabajadores, la creación de los sindicatos, etc.), no prestó apenas atención a la cuestión de la mujer hasta los años 60. Y hubo que esperar al Pontificado de Juan Pablo II para comenzar a ver materializada una respuesta antropológica y teológica profunda y sólida que sirviera de fundamento a todos las demás problemas vinculados al status social y jurídico de la mujer dentro y fuera de la Iglesia. Ahora bien, para acometer este desafío y hacer justicia a la realidad es necesario contextualizar histórica y culturalmente la condición de la mujer. Sería ingenuo pensar que el reconocimiento de la igual dignidad de la mujer y de sus derechos es un problema que sólo afecta a la Iglesia. Considero importante, por tanto, ver cómo discurre el feminismo a lo largo del siglo XX, aunque sea de modo esquemático, para comprender mejor los retos que debe afrontar hoy el Magisterio. El comienzo del feminismo como movimiento social, ideológico y político, se suele situar a finales del siglo XVIII, y desde entonces sigue en continua evolución [59]. Su itinerario ha discurrido por tres grandes etapas: el feminismo ilustrado (1673-1789), el liberal-sufragista (desde el manifiesto de Séneca de 1848 hasta el fin de la Segunda Guerra mundial) y el contemporáneo, que comienza en el 68 y en la que estamos todavía inmersos. «El feminismo ilustrado −describe Valcárcel− se presenta como una polémica, sobre todo acerca de la igualdad de los talentos y las vindicaciones de educación y elección de estado; el liberal continúa la lucha por la educación a la que añade los derechos políticos, elegir y ser elegida, y se centra por consiguiente en el acceso a todos los niveles educativos, las profesiones y el voto. El feminismo contemporáneo comienza con una lucha por los derechos civiles para irse centrando en los derechos reproductivos, la paridad política y el papel de las mujeres en el proceso de globalización»[60]. No obstante, cabría incluso introducir una cuarta etapa, inaugurada con el nuevo milenio, que denominamos “revisionista” porque cuestiona los planteamientos ideológicos y algunas de las aparentes conquistas de los feminismos de las anteriores etapas.  “

 

El tema de la mujer dentro de la Iglesia siempre se ha tratado. En algunos momentos con más fuerza y en otros efímeramente. Sin embargo, es de nosotras seguir asumiendo esos roles con dignidad, conocimiento y ejecución coherente, que hará que aquellos espacios ganados se fortalezcan. Somos más que múltiples tareas, somos más que hechas para parir, más que ayuda idónea, somos Totalmente idóneas, seres independientes, llenas de cualidades y capacidades.

Que cada día podamos enfocarnos más hacia donde queremos llegar.

Shalom

 

Pensamiento

"Todavía es necesario ampliar los espacios para una presencia femenina más incisiva en la Iglesia. Porque "el genio femenino es necesario en todas las expresiones de la vida social; por ello, se ha de garantizar la presencia de las mujeres también en el ámbito laboral y en los diversos lugares donde se toman las decisiones importantes, tanto en la Iglesia como en las estructuras sociales". PAPA FRANCISCO



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